Peligros de la ría

Ayer había marea alta cuando fui con Olga a la ría. Si con la baja el lugar es bonito, con la alta parecía el Caribe. El agua era azul transparente, el fondo aparecía nítido, la corriente suave. Se accede, con marea alta, por un paseo entre eucaliptos, castaños, robles y madroños que ya vale la pena hacer. Tras el paseo, llegué y vi que en mi calita (reducida a dos metros cuadrados de arena seca) no había nadie. Hacía calor, ni un alma a la vista, mi perrita y yo solos: me empeloté y me fui al agua. 
Con la marea baja nadas veinte metros y llegas a un bajío que permite andar con el agua por las rodillas; luego nadas menos de diez metros y estás en la cala de enfrente. Creí que con marea alta haría pie en el bajío arenoso, pero no era así, tuve que seguir nadando. Olga está acostumbrada, no hace pie nunca. 
Ya llegaba cuando observé que la corriente era muy fuerte y me desviaba, acercándome peligrosamente a unas rocas erizadas de restos petrificados de ostras. Pensé que era lógico, el agua se entubaba en esa zona y aumentaba su fuerza, pero ya era tarde. Intenté nadar contra corriente para acercarme a la cala arenosa, pero me arrastraba, todo lo que conseguía era agotarme y quedarme en el sitio. Dejarme llevar no era una opción, faltaban cientos de metros hasta superar la zona rocosa y, además, Olga me seguiría con peligro de que no aguantara, ella no sabe hacer la plancha. Así que con una última brazada lateral, me así a las rocas.
Dos minutos después estaba sentado, sangrando por las dos manos. Olga a mi lado, encantada. A mi espalda, un bosque sin caminos, impenetrable para ir desnudo. Delante, una ría comenzando la bajada tras la pleamar, que había mostrado su lado traicionero. Bajo mi cuerpo, las rocas empezaban a semejar coral por las gotas de sangre. Nadie a la vista, allá a lo lejos sabía que estaba la Playa de la Arena, pero ni la veía tras las rocas y el bosquecillo. Calculé que por el bosque tardaría unas dos horas en dar toda la vuelta hasta mi ropa. Pasando necesariamente por lugares habitados, incluido un bar. Me vi entrando en él y pidiendo un blanco, ya se lo pagaría cuando recuperara mis cosas. Aparte de ensoñaciones, me encontraría con familias enteras, yo en pelotas, sangrando por las manos y por los pies probablemente tras atravesar el bosque: Ecce Homo redivivo, pero en sátiro.

Pasé un rato calibrando otras posibilidades, con las manos en alto intentando parar las hemorragias. Podía esperar a que el bajío fuera practicable y cruzar nadando lo habitual, tres horas más o menos de espera. Pero me preocupaban además mis posesiones: el móvil, mi dinero y mi ropa estaban frente a mí, bulto solitario sobre la arena, sueño del ladrón, ver a su víctima impotente, coger mis cosas y seleccionar lo deseable, mirándome entre risas. Decidí que debía intentarlo de nuevo. Me fui al agua evitando las rocas cortantes, seguido por Olga. Superé la zona de mayor corriente enseguida, pero me desviaba cada vez más de mi camino, con lo que me veía obligado a nadar casi contra corriente. Las heridas de las manos se abrían con cada brazada y me daba una grima terrible. Vi la deriva de mi rumbo, la distancia hasta la orilla contraria y comprendí que iba a ser una travesía muy larga y dura... mi capacidad natatoria no daba para eso. Media vuelta y, tras llamar a Olga que ya me había adelantado y se iba sin mí, volví a las rocas, unos metros más hacia el mar respecto a mi punto de partida. Poco después estaba de nuevo sentado como antes, bosque detrás, ría delante y rocas convirtiéndose en coral bajo mis pies. La diferencia era que ahora sangraba, además, por una pierna y un pie.

Entonces divisé las canoas. Bajaban dejándose llevar, allá a lo lejos. eran mi salvación, Me puse de pie con las manos arriba (la hemorragia seguía), y esperé a que se situaran a la distancia de una conversación. Me vieron antes de eso, y una niña, coleta rubia, camiseta y chaleco salvavidas, que iba en la primera canoa con su madre, dijo:
- "Mira, está desnudo y con un perro, qué guarro".
El agua tiene esas cosas, trasmite bien los sonidos. creo que no pretendía ofenderme. 
Igual que a los horteras se les nota hasta desnudos, a los del Opus Dei también, además se desnudan poco. Era una alegre familia de la obra, cuatro canoas con padre, madre y una extensa prole, todos vestidos y con chalecos. Yo, en pelota picada y con una perrita mestiza al lado, les pedía ayuda. Se acercó el padre y, sin dar mucho crédito a mi narración de los hechos, me llevó lentamente hacia la otra orilla, asido a la popa de la canoa intentando ayudar con mis pies, mientras el resto de su familia quedaba a prudente distancia, evitando el espectáculo de mi culo blanco, que sobresalía del agua más de lo que yo hubiera deseado.

La corriente impidió a mi salvador llevarme a la cala y tuvo que dejarme... sobre unas rocas. Olga, mientras tanto, estaba cien metros más abajo, intentando llegar a mi lado. Le pedí que la ayudara, se puso a su lado y la acompañó con palabras de ánimo hasta que llegó, por sí sola, hasta las rocas, que supo esquivar mucho mejor que yo. Me despedí de mi salvador con gritos de agradecimiento, mientras su familia me daba la espalda sin mirarme ni un segundo. Lo que más me dolió, lo que me remató, fue la respuesta del palista: "De nada, caballero". A ver. ¿A quién se le ocurre llamar caballero a alguien en mi situación? Me dejó confuso. 
Ya solo, tuve que volver a lanzarme al agua y nadar unos metros finales rodeando las rocas, hasta alcanzar la arena. Llegué con espíritu de náufrago y dos heridas más, cosechadas antes de mi último baño.


Tengo cinco heridas en las manos, varias en una pierna y un buen tajo en un pie, por suerte no en la planta. Sigo sin entender qué tipo de ectoplasma fue el que me salvó y me llamó caballero, cuando evidentemente no tenía caballo, ni siquiera ropa ni, pensará, vergüenza. Pero gracias, palista. 
Y tengo claro que no vuelvo a bañarme en pelotas.

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