Cumpleaños en la huerta

Estaba ayer quitando los palos por los que treparon las plantas de alubias rojas (caricos, alubia redondita típica de Cantabria) y observé los restos de mi huerta: tomateras lánguidas, restos de rastreros pepinos y calabacines, de los que aún sale alguna flor tardía; hebras secas de las alubias, últimas hojas de acelga. Tengo plantadas especies de invierno: puerros, lombardas y otras cosas que me dio un vecino y olvidé qué eran. Poco de cada cosa y de escaso porte de momento, pasan desapercibidas entre las  malas hierbas que medran vigorosas: tierra especialmente cuidada, abono orgánico, riegos estivales. Sólo destaca el perejil, de lo más lustroso de todo mi jardín. Creo que a los caracoles no les gusta el perejil.

 

He aprendido cosas. Primera, que la huerta es una trabajera. Hablo de 35 metros cuadrados, 7 x 5. De veinte minutos al día, nada. Segunda, que los vecinos vigilan tus avances. Hace ya tiempo, allá por julio, un vecino que pasaba con su mujer y amigos me dijo desde la cerca metálica: “Guillermo, ya tienes tomates y pimientos verdes”. Yo como loco, “dónde, dónde”. Efectivamente tenía los primeros tomates cherry y pimentitos verdes, pero ni los distinguía entre los hierbajos que, día tras día, olvidaba quitar. “tengo la peor huerta de Cantabria”, bromeé. “De Cantabria no sé, pero del barrio, sí” respondió el vecino. Es que hay que ver su huerta, parece un desfile militar de plantas diversas, como cuerpos del ejército. Y hace pocos días me crucé con otro vecino del barrio, me miró con cara de pena infinita y sentenció: “a ti no te gusta la huerta, Guillermo”. ¡Cachis la mar, me están tocando el orgullo!

 

Allá en primavera, al plantar todo, puse un cerco de “caracolina”, barrera que impide el paso de animales rastreros. Después olvidé reponer y me negué a usar insecticidas, aparte de algo que puse a las tomateras contra no sé qué mildiu. Pronto la huerta se convirtió en paraíso de animales invertebrados, creo que venían de otras huertas gaseadas, a refugiarse. Gerald Durrell habría sido feliz en mi huerta, tanto como los caracoles. De éstos, los más glotones eran expulsados a la finca vecina; caracoles como pelotas de golf que caían en la hierba; si volvían al menos les costaba unas horas de ejercicio.

 

Quitando los palos de las judías, vi un montón de caracoles pequeñitos y rayados, preciosos, les gustan las hojas de los pimientos, hay uno dormitando en cada hoja. Una mantis enorme me miró fijamente. “Buenos días”, saludé. “Vaya con Dios”, contestó. Sin duda era religiosa.

 

En fin, que ayer fue mi cumple y lo pasé genial pese a la lluvia, que respetó mi momento de huerta y me hizo quedarme en casa, guisando unas pochas dignas de denuncia por la OMS. A vuestra salud. 

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Comentarios: 1
  • #1

    lehendakarinho pablog (martes, 03 noviembre 2015 14:27)

    Hablando de observar gasteropodos, y ya puestos, tocando voyeurismo y zoofilia, pocos espectaculos sensuales y sexuales pueden compararse al polvazo de los limakos (babosas) o las orgías hermafroditas de sus carenados primos caracoles. Ni el mejor Roco Sigfredi Vidal, ni tantra camasutra ni gaitas; ver para creer.
    Los vulgares limakos, con aspectro de truño blandorro, se pingan enroscados de unos filamentos que proyecta de sus plasticísimos cuerpos, se dan la vuelta como calcetines y se funden en espasmodicos nudos marineros entreovillándose a camara lenta, al tiempo despliegan una sinfonía de colores eléctricos de sus tejidos internos que te hacen pensar que se ha desatado una lluvia acida dietilamínica.